Gabriel. (‘Con nombre propio’)


Son casi las doce. La casa está en silencio, a oscuras, en calma. Y por fin puedo pensarte. Camino descalzo procurando no hacer ruido. Todos duermen ya: mi mujer, mis hijos.
Miro, aburrido, el ir y venir de los peces dentro del acuario. Ese maldito acuario al que mi mujer dedica más tiempo que a mí. Me acerco a la ventana para fumar uno de esos cigarrillos que el médico me ha prohibido. El viento mueve cadencioso las cortinas y la brisa alborota mi pelo, esparciendo por la habitación el humo de este cigarro clandestino. En la calle, apenas si se oye una sirena  que se aleja, escandalosa. Y en la escalera, los tacones de Nuria me avisan de que vuelve a casa después de todo un día de trabajo.
La imagino entrando en casa, saludando al gato con un gesto cariñoso, quitándose los zapatos y dejándolos por medio, entrando un momento en la cocina para coger un brick de zumo y llevándoselo a su dormitorio…
Veo cómo se enciende la luz de su habitación, rutina de cada noche que yo sigo en silencio escondido en la oscuridad de mi despacho. Sé que Nuria no sabe que la miro y eso me gusta y, a la vez, me apena. Soy un espía, observándola en su vulnerabilidad, en su intimidad.
El viento mueve sus cortinas y puedo ver su cuerpo reflejado en el espejo mientras se desnuda. Está tan guapa con ese vestido azul, ligero, de tirantes finos, tan sencillo de quitar…
Recoge su pelo en una larga coleta alta, dejándome ver sus hombros, y desliza la cremallera de la espalda. Baja lentamente los tirantes y el vestido cae resbalando por su cuerpo delgado. Y no puedo apartar la vista de esa silueta que apenas se adivina al trasluz de las cortinas.
Despreocupada, va y viene por la habitación intentando poner un poco de orden, mientras en mi cabeza reina el caos (…).

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