Jimena. (‘Con nombre propio’)


Había quedado con las chicas en la cafetería de la esquina y, como de costumbre, llegaba más que tarde. Jimena acababa de volver de Nueva York después de seis meses de trabajo bien pagado pero poco gratificante. Es lo que tiene ser abogada de políticos: suculento sueldo que nunca deja buen sabor de boca.
Jimena era una mujer fascinante. Sarcástica y con gracia para contarlo, nos deleitaba con anécdotas rocambolescas que sólo a ella podían sucederle. Pero estábamos tranquilas, nada parecía afectarle. Se había construido una firme coraza que le protegía de todo y de todos. Nadie podía acceder más allá de donde ella consintiera. Tan hermética, tan fría. No se permitía demostrar debilidad. Yo siempre le he tenido envidia por eso.
Las risas de las chicas podían oírse desde la calle. Jimena había desplegado su artillería pesada destilando ironía en cada palabra. Me senté rápidamente tras soltar un recurrente «hola, lo siento» y una de ellas me puso al día con un par de pinceladas.
-Jimena nos está contando que ha conocido a un chico por Internet. Inteligente, guapo, divertido, romántico… ¡Vamos, el hombre perfecto!
Imagino que se me notó demasiado el gesto de desaprobación después de lo que acababa de oír.
-No me mires así -espetó Jimena-. Me aburría, algo tenía que hacer, ¿no?
A esa provocación era mejor no contestar, así que decidí remover el café hirviendo que me acababan de traer y escuchar. Jimena se sabía el centro de atención y, coqueta, continuó con la historia. (…)

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