“Julia” (“Con nombre propio)


Siempre tuve alergia a los gatos y al final he acabado viviendo con uno. Julia es pura sensualidad, incluso cuando duerme acurrucada a mi lado, envuelta en carísimos camisones que compra cuando está aburrida; abrazada a delicadas almohadas que renueva siempre que le viene en gana; y oliendo al último perfume del diseñador que esté de moda.
Pero Julia es mía. Tan felina y traicionera como tierna y pasional. Cara de mantener, cierto, pero mía.
Cuando despliega sus encantos en mi cama, entonces, todo gasto ha merecido la pena. Ardiente y salvaje, pero a la vez mimosa e inocente, se roza contra mi cuerpo, sinuosa, despertándome mil sensaciones. Me clava las uñas en la espalda cuando el placer le consume y, después, duerme tranquila conmigo, junto a mí.
A su manera, me quiere y, a su manera, me lo demuestra. Y yo pierdo la cabeza, enfermo de deseo, sólo con saber que ella me espera en casa.
Es caprichosa, tozuda, egoísta y desconfiada, quizá traicionera, siempre pasional, dulce, ardiente… Una gata con un cuerpo que me vuelve loco: joven, firme, suave. Hace de mí lo que quiere, pero es conmigo con quien quiere hacerlo.
Vuelve a deshoras, contoneando sus caderas por el pasillo, deslizándose entre las sábanas de nuestra cama, ronroneando cerca de mi ombligo, entregándose, implorando mi cariño. Un cariño que sólo busca cuando le aprieta la necesidad. La necesidad de caricias. La necesidad de perdón. La necesidad de dinero.
Esa es la manera en que Julia me entrega su amor. Distinto, sí, pero es amor al fin y al cabo. Un amor que se esconde en cada uno de sus gestos como cuando, al volver del trabajo, la encuentro esperándome subida en sus vertiginosos tacones, desnuda, con una copa de vodka en una mano y un cigarrillo en la otra.
Julia me calma con juegos de seducción, con deliciosas caricias que convierten mi cuerpo en una explosión de placer.
Me escucha atenta los problemas del trabajo mientras busca en el vestidor algo que ponerse para ir a cenar con sus amigas. Asiente con la cabeza dándome la razón por no interrumpirme, sin apartar los ojos de las perchas que sostiene indecisa.
Trasnocha mucho, sí, pero siempre vuelve, conmigo, a nuestra cama, a mis brazos, buscando mi protección y, por qué no decirlo, también mi cartera.
La edad no es impedimento cuando estoy entre sus piernas, ni tampoco cuando se para frente a una joyería. Caprichosa, sí, pero mía. Conmigo. He acabado necesitando de ella tanto como ella de mí.
He vuelto a casa, pero Julia no me espera desnuda en la cocina, ni preparándose un baño, ni dormida en el sofá… Veo que faltan muchas cosas: su ropa, joyas, alguna maleta…
Dudo que regrese porque se lo ha llevado todo. Todo lo que ella considera suyo, todo lo que para ella es importante, todo excepto lo mucho que la quiero. Supongo que eso es algo que ya no va a necesitar.

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