Justine. (‘Con nombre propio’)

Recuerdo aquella tarde. Pequeñas gotas de lluvia habían llenado de pecas los cristales de los coches. Desde esa terraza podía controlar casi toda la plazoleta. La música de fondo amortiguaba los pasos de los peatones. En el aire, un ligero aroma a café y bollos recién hechos. Yo, tranquilo, leía a Dante, cuando un soniquete familiar quebró la línea. Busqué el origen a mi alrededor, imposible equivocarme, alguien jugueteaba con un llamador de ángeles.
Un par de mesas más allá, una muchacha morena de vestido azul agitaba el colgante mientras charlaba muy animada por teléfono. La observé esperando a que terminara de hablar. Su voz era dulce, deliciosamente perfecta, acompañada en todo momento por el son rítmico de la esfera metálica que rebotaba en la palma de su mano una y otra vez.
Cuando terminó, al fin, me acerqué, sonriente. Tenía más que estudiado cada ademán, pero no tuve tiempo de llegar. Se levantó y salió corriendo. Alzó la mano, paró un taxi y desapareció.
Regresé durante semanas, por si volvía a verla. Fue inútil.
Pero el destino es caprichoso y algún tiempo después nos hizo coincidir, esta vez en una sala de exposiciones. Ella, vestida de rojo con el pelo recogido subida en unas vertiginosas sandalias de tacón. Jugueteaba, cómo no, con la minúscula bolita plateada mientras observaba, absorta, una de las pinturas. Su aspecto distraído, de mujer perdida en los recovecos del cuadro, era enternecedor.
No perdí el tiempo pensando. Fui directo a ella:
-Si continúas agitando tu llamador con tanta vehemencia, vendrán todos los ángeles de la sala en tu ayuda.
Se giró y me miró sonriente. Estaba seguro de que me preguntaría qué había querido decir con eso. Pero no. Hay personas que nunca rompen la magia de un instante por nada del mundo.
-No necesito protección. Y menos de un “Ángel”.
Sólo había sido un juego de palabras, seguro, pero sonaba tan decidida que no supe qué contestar. ¿Cómo podía conocer mi nombre? Sus dedos ágiles retorcían inquietos el cordoncito del colgante, haciéndolo sonar suavemente.
– ¿Coleccionas? -me interpeló.
-Sí, pero no cuadros. Yo colecciono llamadores como ése que llevas.
-Yo también colecciono.
– ¿Sí? -Aquello me sorprendió. ¿Y qué coleccionas?; si puede saberse.
Intenté disimular el intenso tono prepotente de mi pregunta. En vano.
-Colecciono cosas exclusivas. Cosas que pocos hayan llegado a tener alguna vez.
No pude por menos que sonreír, aguantando estoicamente una carcajada:
-Vaya. Y, ¿qué puede ser eso que pocos hayan tenido?
Me miró fijamente, inundándome de azul:
-Lo que yo colecciono es raro de encontrar -continuó explicando-, porque quien lo tiene no suele dejarlo escapar.
Atrapados por la conversación, seguimos disfrutando de la sala de exposiciones. Ella se paraba a mirar las obras ladeando ligeramente la cabeza hacia la derecha, con la boca entreabierta. Deliciosa.
Todo lo que decía me resultaba interesante. Me contó de dónde procedía su nombre, Justine; que todos pensaban que sus padres eran unos apasionados de Sade, cuando en realidad el nombre lo tomaron de la gran obra de Mary Shelley. Me contó que no se llega a ningún sitio cuando uno estudia bellas artes y que uno de aquellos cuadros era suyo, retándome a que adivinara cuál.
Yo le conté la tradición en mi familia de llamar  Ángel al primogénito, que tampoco se consigue demasiado trabajando en una jaula de hormigón manejando el dinero ajeno y que hacía mucho tiempo que no pasaba una velada como aquélla. Señalé un cuadro, por ver si acertaba, pero ella negó con la cabeza.
Y tuve que ver cómo alzaba de nuevo su mano, montaba en un taxi y volvía a quedarme solo. (…)

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