La vida en tiempos de confinamiento

Hoy es 2 de mayo. Al igual que en 1808 empezamos a librarnos de los franceses, 212 años después empezamos a librarnos del confinamiento.

Incendio en una nave de Segovia

En Segovia el día ha amanecido soleado, despejado y perfecto para ser disfrutado… Pero una espectacular columna de humo, fruto del incendio de una nave dedicada al reciclado, ha cubierto el cielo y, como era de esperar, el miedo y la confusión han derivado en la precaución de no  salir a pasear.

Primer día de la fase 0

Pero, después de casi cincuenta días de encierro, el resto de España puede salir a pasear. ¡A PASEAR! ¡SÍ!

Para muchos hoy será el primer día que pisen la calle. Para  mí, por ejemplo, también lo hubiera sido.

Sin necesidad de ir a la farmacia, la compra online, la basura me la ha bajado un vecino, el trabajo lo hago desde casa, sin perro y sin niños…, no tenía ningún motivo ni ninguna excusa para salir.

Pero por fin, hoy, con mi mascarilla y mis guantes, me iba a enfrentar al placer de pasear por mi ciudad y disfrutar, al fin, de libertad —aunque fuera vigilada—. Habrá que dejarlo para mañana.

Fotografía del día 2 de mayo. Aglomeraciones de gente.

No hay duda que, como yo, muchos tenemos miedo. Pero no miedo al maldito bicho invisible que campa a sus anchas por las calles. No. A ese creo tenerlo controlado a base de medidas extremas de higiene y distanciamiento social. A lo que más miedo tengo es a todos esos “listos” que siempre encuentran la manera de escaparse de las normas por el puro placer de hacer lo que quieran.

Y es que aquí no es cuestión de si tus actos molestan o no a los demás. No. Es cuestión de cumplir las normas establecidas para todos, porque —y estate seguro de esto—, en el caso de que no se cumplan, los que manejan el cotarro acabarán cerrando el grifo y nos darán por saco a todos: los que cumplimos las normas a raja tabla y los que se las pasan por el arco del triunfo. Claro que a estos últimos les dará lo mismo, porque seguirán con su estilo de vida, es decir, haciendo lo que les sale de los…

Todos recordamos las escenas tremebundas de la semana pasada, cuando los niños salieron, por fin, a la calle.

Y ahí estaban: niños jugando con niños, como niños, y los responsables de esos niños, esos a los que llamaremos “niños grandes”, haciendo de su capa un sayo y pasándose las normas por el forro.

Fotografía de niños con padres paseando.

El tiempo de encierro me ha dado para pensar y desarrollar una clasificación que permite diferenciar a los distintos tipos de especímenes que han ido proliferando, agrupándolos y diseccionándolos en función de su manera inteligente y altamente solidaria de saltarse las normas. Aunque, sinceramente, si por mi fuera, los colocaría clavados con alfileres en una corchera, para mejor observación.

Especímenes en la cuarentena

Están esos que acumulan las normas, cual cupones de la compra, para hacer la cuadratura del círculo y poder disfrutar de la salida full equip. Estos seres estudian la norma y la aplican a su antojo. Y así, con el perro en una mano, el carrito de la compra en la otra, la mujer, los dos niños y la suegra, si me apuras, salen todos a la calle con la lección aprendida de que, se mire por donde se mire, están aplicando alguna de las normas vigentes… ¡Impresionante!

Los nocivos, que son esos que han vuelto a fumar solo por el placentero regalo de bajar a diario al estanco.

Luego están los Homers, que son esos que piensan que «si no me ven, no hay delito» y deciden hacer uso de las zonas comunes, saliendo toda la familia a disfrutar de libertad porque, como ellos alegan: «Esto también forma parte de mi casa». A estos les diré, por si no lo han oído suficientes veces en estos días, que las zonas comunes no pueden ser usadas y, menos aún, toda la familia a la vez. Pero ahí están: los dos padres, tres niños y el perro, aprovechando la coyuntura para pasarse la tardecita jugando al tenis en las pistas privadas de la comunidad.

Luego tenemos al que coge el coche, yo le llamo espécimen motorizado. Este considera que «ya que tengo que salir, que sea por dónde a mí me apetece». Y lo que le apetece es salir por la ciudad de al lado, que le mola más. Así se cogen el coche y, con la tranquilidad que les caracteriza, se van a treinta kilómetros de casa a disfrutar del aire puro y, ya de paso, llaman a su amigo Paco para que se acerque también a disfrutarlo con él. «No te preocupes, macho, nos inventamos lo que sea y  si te paran, que no lo harán, pues tú les dices que —aquí metemos excusa optimizada para evadir controles de la policía— ¡y ya está!».

Luego están los del “ratito”… ¡Qué tiernos, qué cosa más mona! Te los echas a la cara, interpelándoles por el hecho de llevar un buen rato paseando acera arriba acera abajo por delante de su portal, y los muy sibilinos te dicen que solo es un ratito, cinco minutitos nada más…

¿Y qué me dices de los elegidos? Estos son un grupo de élite a los que, a pesar de estarse pasando las normas por los huevos, cosa que hacen habitualmente y no solo en tiempos de pandemia, repito: a pesar de pasarse por los huevos las normas establecidas, nunca —y digo nunca— son pillados infraganti. Se consideran de un nivel intelectual por encima de la media y aprovechan para recordártelo a cada momento, provocando el rechazo del interlocutor, aunque ellos siempre lo resumirán en un «¡Pero qué envidia me tienes, copón!».

Otro espécimen que me interesa —y al que no puedo dejar de mencionar— es “el pobrecito” que es aquel que te llora amargamente cada vez que hablas con él. Te dice que no sale, que esto es insoportable, que no aguanta más y te enumera los planes de futuro que ha preparado para el momento en el que podamos movernos con tranquilidad. Después de consolarle y apaciguar sus ansias de libertad, continúas la conversación… Y, entonces, descubres que se ha ido a la compra, al supermercado del pueblo de al lado, por salir un poco. Que se ha pasado por casa de su madre, a por unos tuppers, porque no le apetece cocinar. Que se dio una vuelta por el campo, a la que volvía de la compra, porque en el campo no hay nadie y no pasa nada. Que se fue a su segunda vivienda, porque «el manzano está dando fruto y hay que recogerlo»… Y entonces te das cuenta de que, para él, es una suerte que tú aún no puedas salir, porque si no irías y lo matarías.

Los horarios de salida

Estos son los principales especímenes, pero hay muchos más. Cientos y miles de personas que agudizan su ingenio, a base de triquiñuelas, con el fin de saltarse el confinamiento y, tal vez, sentirse superiores… o es solo que las normas no se han hecho para ellos… o, simplemente, es que son idiotas.

Pero, como no, con la fase 0 los especímenes también han salido a la calle y han mejorado su capacidad de fuga, rizando el rizo, y convirtiendo la calle en una romería, llegando a hacer malabares con horarios, tiempos de salir a correr, compras, perro, distancia social y mal uso —o uso nulo— de la mascarilla.

Después de las imágenes del domingo pasado, todos pensamos que habíamos espabilado. Pero esto es España, señores, y la realidad supera a la previsión… Y las imágenes hablan por sí solas.

Meme del presidente de gobierno.

Utilizar la manoseada escusa de estos especímenes de «¿A quién molesto?», personalmente, me saca de mis casillas.

No es cuestión de a quién molestas, machote, es cuestión de que si no lo hacemos bien, nos volverán a meter en casa hasta que las ranas críen pelo… Claro que, en vistas de que hay quien lleva cincuenta días pasándose la norma por el arco del triunfo, esto no le va a impedir seguir, como norma, infringiendo las normas.

Mientras, las altas esferas Apelan a nuestra responsabilidad… Animalitos, eso es tener fe. Apelan a nuestro sentido común… Ilusos, ¿es qué no han oído hablar de la picaresca española? Apelan a la madurez de la población… Y yo digo:

Si tenemos a gente de treinta viviendo como si tuvieran menos de veinte, a los de cincuenta comportándose como treintañeros y a los de más de sesenta disfrutando de su nueva juventud: ¿de qué madurez estamos hablando?

Empieza la fase 0

Yo solo espero que, entre unas cosas y otras, lo peor haya pasado y podamos entrar en esta “nueva normalidad” con una sonrisa y mucha cabeza. Solo espero que aquellos que lo hemos hecho bien, respetando los plazos y las distancias, que no hemos dado la vuelta a la tortilla para comérnosla solitos, solo espero que ese grupo de ciudadanos ejemplares pueda disfrutar de su merecido desconfinamiento y no acabemos pagando justos por pecadores…

Claro que estoy pensando qué se puede esperar de un país que necesita que le expliquen los de los cuartos y las campanadas todos los años.

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