Lucía. (‘Con nombre propio’)


Poca gente consigue distraerme cuando estoy sentado en mi mesa de costumbre, con mi café y mi periódico. Procuro no mirar más allá de la noticia que esté leyendo. La verdad es que me importa poco lo que pueda pasar a mi alrededor, pero ella llamó mi atención desde el primer día.
Trabaja cerca de aquí, en una de esas lujosas oficinas al otro lado de la calle. Siempre sonriente. Optimista convencida y militante, hasta hace un par de meses en que cambió radicalmente. Su aspecto parecía abatido, cansado. Daba la sensación de que sus noches no se habían hecho para dormir. Se le agrió el carácter y decidió cambiar su sonrisa por una mueca avinagrada.
Hacía un par de semanas que no bajaba, como era costumbre, a tomar su café después de comer. Pero hoy ha vuelto a cumplir con su rutina. Me ha costado reconocerla cuando sus tacones me obligaron a levantar la vista, ávido de curiosidad por saber quién andaba con ritmo tan acompasado.
Parece otra. Risueña, sí, pero ya no tiene ese poso de inocencia. Algo ha cambiado en sus gestos, en su forma de vestir incluso. Me parece aún más sexy que antes. Segura de si misma. El tipo de mujer que siempre me volvió loco.
Me ha mirado y le he correspondido con un gesto amable. A fuerza de vernos a diario, acabamos por saludarnos sin más aspavientos. Una lástima que mi mujer no me deje salir con otras.
Se ha sentado en una mesa frente a la mía a disfrutar de su café y su libro, hasta que ese chico -con el que a veces la había visto- ha entrado en la cafetería. Indeciso, arrastrando los pasos, se ha acercado a ella y la ha saludado.

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