Madeleine

Niña inquietante jugando con tacitas de té.

Y sigue hablando con sus muñecas, que toman el té sentadas en una improvisada mesa de cartón, en mitad de la habitación de juegos, ahora vacía.

Abajo, en la calle, sus padres amontonan, precipitados, todas sus pertenencias en un desvencijado camión de mudanzas, el único que han podido encontrar con tan escaso margen de tiempo, para abandonar la casa lo antes posible.

Madeleine no parece escuchar los gruñidos que, débiles, retumban en las paredes desnudas de la habitación. Y menos aún que unos ojos rojos, desorbitados, la observan desde uno de los rincones.

Tampoco parece notar el nauseabundo olor de la sangre que  va dibujando un espeso charco en el rincón.

Canturrea mientras deja sobre la mesa una imaginaria tarta con seis velas. Tras el dulce gesto de apagarlas con un suave soplido, se dispone a repartirlo entre sus inertes invitadas.

Mira extrañada. Echa en falta uno de los pequeños cuchillos de plástico, a juego con el resto de la vajilla. Revuelve los platos y las tacitas de té. Busca bajo la mesa y en los bolsillos de su delantal…

Se para. Parece haber recordado dónde lo dejó…

Se gira hacia el extraño ser de piel azulada que yace, desplomado, en el suelo. Y ahí, asomando entre los borbotones de sangre grumosa, el mango rosa del falso cuchillo.

Se acerca a la criatura, que ya ha dejado de retorcerse, y, con la misma facilidad con la que lo ha clavado apenas unos minutos antes, lo extrae de entre sus costillas, lo limpia pulcramente con su delantal y vuelve a la mesa, para continuar con su juego

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