Natalia. (‘Con nombre propio’)


Nunca pensé que sentiría esa enfermiza e irracional sensación que son los celos. Esos que llegan cuando menos te lo esperas y te devoran la razón para retorcerla hasta el extremo.
Natalia era mi referente de mujer perfecta: trabajadora, humilde, discreta incluso al vestir, y con mucho carisma. Un diamante en bruto, difícil de encontrar en los tiempos que corren. Éramos compañeras de trabajo y de copas. En poco tiempo nos hicimos inseparables. Tenía suerte de que estuviera a mi lado. Nuestra complicidad llegaba al punto de que sólo con mirarnos sabíamos qué pensaba la otra. No había secretos entre nosotras ni nada que pudiera resquebrajar nuestra sólida amistad.
Una noche de borrachera, Natalia me confesó que Sergio -uno de los jefazos de la empresa- llevaba tiempo detrás de ella y que había decidido quedar con él. Yo sabía que le gustaba aquel tipo engreído y prepotente, lo que no me esperaba es que Sergio pudiera tener ojos para algo más que no fuera su propio reflejo en el espejo.
Exaltada, quiero pensar que por los efectos del alcohol, comenzó a desgranarme un listado de virtudes que sólo ella veía.  Cuanto más la oía hablar,  más crecía en mí un odio irracional hacia ese tipejo con traje de marca y pocas ideas. De nada sirvieron mis intentos por mostrarle el tipo de persona que realmente era, ella no me escuchaba. El amor le taponaba los oídos y reblandecía su criterio. Nadie en su sano juicio sentiría algo por alguien como Sergio. Un trepa que había llegado a lo más alto pisando cabezas y tirando de contactos influyentes. Valían más sus zapatos que él. Pero Natalia me ignoró por completo.
Iban a quedar al día siguiente. Cuando lo dijo algo estalló dentro de mí. Se podía ver la rabia asomando en mi cara, no me molesté en disimularlo, me daba lo mismo si Natalia se percataba de mis celos. En el fondo buscaba que los percibiera.
La rabia y los celos bullían en mi cabeza. ¿Cómo podía querer algo con el mediocre de Sergio? ¿Cómo podía decirme que era lo mejor que le había pasado? ¿Y yo? ¿Dónde quedaba yo entonces? ¿Acaso yo no era nada para ella?
Natalia estaba tan embobada con su cita que pasó por alto el rencor destilado en mis palabras. Ya sólo pensaba en qué vestido se pondría para esa cena.
Demasiados preparativos para una cita que nunca llegó.
(…)

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