Raquel. (‘Con nombre propio’)


Nos amordaza limitando nuestra voluntad, atenazando nuestros movimientos; influyendo en nuestra consciencia e inconsciencia, marcando siempre lo que debemos hacer, sujetos por simulacros de moral. Ese es el pudor: quien nos obliga a sentir, a pensar, a tocar a su manera. Manteniéndonos a salvo de los más bajos instintos, del ansia de placer.
Cuando te conocí, mi pudor venía conmigo, vigilante. Sujetaba mis manos; tapaba mi boca, cubría mis ojos para no dejarte ver mi deseo, aquello que en verdad quería hacer y que me hicieras.
La coraza invisible que mi pudor había creado me mantenía a salvo de ti, de los intentos de caricias bajo la mesa, de las palabras lascivas que susurrabas cerca de mi oído buscando provocarme.
A esas alturas ya estarías cansado y a punto de rendirte. Pensaba mucho en aquello, en por qué no era capaz de despojarme de mi maldito pudor y salir corriendo a buscarte, olvidando lo aprendido y deseando que me enseñaras a ser perfecta para ti, sin preocuparme del antes ni asustarme de lo que viniera después.
Tomé una decisión. Esa noche dejé a mi pudor aletargado en el sofá y salí a buscarte. El alcohol y las ganas de sentirte dentro de mí hicieron el resto.
Despojada de la vergüenza y llevando apenas un vestido de tirantes, acabé en tu casa. Dimos rienda suelta a mis más bajos instintos acumulados durante tanto tiempo, derramándome gota a gota como siempre había querido hacer contigo, como tú merecías.
Saboreaba el momento y a ti, disfrutándote, intentando cumplir con lo que me pedías, con lo que esperabas de mí. Nadie se te había entregado así, alcanzando ese punto desvergonzado, irracional. Me estremecía arrebatada por el ansia y las ganas de mostrarte lo obediente que podía llegar a ser para ti.
Me gustó experimentar contigo, olvidando la culpa. Llegar a traspasar mis propios límites y, después, dejarme morir en ti para comenzar de nuevo sin habernos recuperado. Sintiendo el tacto de tus manos diestras sobre mi cuerpo ingenuo. Rompiendo tabúes, haciéndolos reventar contra el suelo, donde también acabamos tú y yo, gimiendo y sudando. (…)

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