Reflexiones


Espero  —y desespero— al frescor del aire acondicionado. Y, entre tanto, voy leyendo la pila de periódicos que ponen a mi alcance, para que mate el tiempo —ya de por sí muerto—, mientras aguardo mi turno. Y, en los papeles, todos me cuentan lo mismo: fraudes, política y políticos…
Los políticos… Especímenes a estudiar. Tan correctos, tan educados, tan bien vestidos, tan cínicos, también. Nos estrechan la mano mientras, con la otra, remueven dentro de la caja común para, pellizco a pellizco, ir sacándonos los hígados sin  perder jamás la sonrisa.
Los políticos… Capaces de prometerte el oro y el moro y, cuando llega el momento, hacer gala de su memoria de pez, olvidando lo prometido y cambiando todos los platos del menú, sin consultarnos, por supuesto.
Políticos  con maletín y dientes blanqueados, como sucede con el dinero, de sonrisa artificial, como sus discursos, a los que un grupo de gabinete, publicistas vendiéndonos un producto, les marca el qué y el cómo decirlo. Gente tenaz que no sueltan la poltrona por más que se tire de ellos y que cambian de camisa —y de color— sin despeinarse, con tal de mantener su posición ventajosa.
Políticos… Que se creen los mejores y, en eso, llevan razón. Son los mejores: los mejores hipócritas, los mejores farsantes, los mejores a la hora de asegurarse el futuro y jodernos el nuestro.
Bien mirado, no debe estar mal eso de ser político. Con tu cargo y sin cargas, con tu chófer y tu coche oficial, con tu traje y tus dietas que complementen un sueldo abultado ya de por sí. Con la erótica del poder, que eso también es un plus a la hora de decantarte por esta profesión.
Un buen político, de esos que viven a base de mentiras, que es como mejor se debe vivir; dilapidando el dinero de los demás, que así no duele gastarlo; y pisando cabezas, para avanzar, calzando los zapatos más caros y calzándote a las más caras, que eso ya es una tradición en las altas esferas.
Y llegados a campaña electoral, vamos a contar mentiras, tralará… Vamos a prometer lo que sabemos a ciencia cierta que no podemos cumplir, tralará… Vamos a ver cómo podemos seguir viviendo del cuento, que ya vendrá otro que solucionará los problemas que vayan surgiendo, tralará…
Dejo el canturreo. Es mi turno. Soy el siguiente en la ventanilla del paro. Pero ya tengo claro el empleo que deseo solicitar.

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