Ruth. (‘Con nombre propio’)

Bajamos la escalera, en penumbra. Tus dedos fríos se entrelazan con los míos. Tiro de tu mano. No puedo aguantarlo más. Con vergüenza, bajo la cara y la apoyo en tu hombro. No dejo de pensar en que me muero porque tomes la iniciativa y me beses. Ahora. Ya.
Y, por fin, tu mano me levanta de la barbilla, despacio. Puedo notar tu boca acercándose a mí. Tus labios me besan marcando los míos con tu sabor y tu lápiz de labios. El tiempo se para en nuestro beso mientras dos bocas enloquecidas se devoran.
Tus dedos se enredan en mi pelo y mis brazos rodean tu cintura, estrecha, mía. Te atraigo hacia mi cuerpo. Nuestras bocas buscan saciarse la una en la otra.
Tus ansias me empujan contra la pared. Te pueden las ganas, nos pueden a las dos. Este beso llevaba mucho tiempo esperando ser dado, aunque fuera a oscuras y en secreto.
Siento calor, un calor que puede conmigo. Se refleja en mis mejillas, me arde dentro. No pienso hacer caso a mis miedos y te beso aún con más ganas.
Oímos pasos en la escalera y nuestro beso se diluye en segundos. Alguien baja a los servicios de aquella tasca de la zona vieja de la ciudad. Como dos resortes, nos soltamos. Te separas de mí lo suficiente para que aquello parezca una conversación inocente.
Nuestra amiga María pasa entre las dos. Se sonríe. Parece saber lo que acaba de pasar y esa naturalidad con la que lo asume nos hace respirar aliviadas. Somos nosotras quienes más nos estamos censurando. Me miras y susurras:
-Volvamos con los demás.
Sonrío, asintiendo..
Me ofreces la mano y, sin dudarlo, la cojo con fuerza y subimos la escalera sin soltarnos.

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