Noelia. (‘Con nombre propio’)


Te miro. Sigo tus gestos con escrupulosa atención; disfrutando de cómo apoyas en ellos la pasión de tus palabras. Me he convertido en una incondicional de tus canas, incluso de esa arruga que asoma cuando frunces el ceño en tus fingidos enfados. La seriedad del traje y la corbata, impecables, contrastan con la pulsera de cuero que surge indiscreta en tu muñeca cuando estiras el brazo para escribir en la pizarra.
Tu voz resuena enérgica, invadiendo cada rincón del aula. Y en tus ojos, vivos, verdes, se alcanza a ver al niño que fuiste y que aún se resiste a abandonarte.
Puedo imaginarte fuera de aquí, de esta disciplina encorsetada, que tan poco te gusta, por ser la culpable de poner freno a tu imaginación.  Yo me dejo llevar por la mía, pensando en el calor de tus caricias, el sabor de tus besos apasionados y la sonrisa sincera que fluye tras el beso.
Y me olvido de dónde estoy, nadando en conjeturas de tiempos posibles, futuros que quizá estuvieras dispuesto a vivir conmigo. Eso si caes en la cuenta de que estoy aquí, claro. Tan pequeña, irrelevante, con mi enfermizo afán por pasar inadvertida. Cosa fácil entre tantas minifaldas y escotes que buscan provocarte. Y estoy convencida de que, en algún momento, habrán conseguido su propósito. (…)

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