Viejas películas

Cuadro de Tapies.

Llevo años viviendo con un hombre que ya no me quiere. Apenas me habla, si acaso para preguntarme qué hay para cenar o si ya está planchada su camisa azul.

Al principio me dolía. No entendía cómo había cambiado tanto, él que siempre fue tan atento conmigo. Supongo que había perdido mi atractivo. Los años no pasan en balde y, sin darme cuenta, los míos me habían atropellado al doblar la esquina. Las hechuras de mi cuerpo habían perdido su forma original. Ni las dietas ni el pilates habían sido suficientes puesto que ya no conseguía alimentar su deseo. La monotonía se había apoderado de mis conversaciones. Los problemas de mi trabajo o los quehaceres domésticos vivían apostados en mi boca y, lógicamente, eso acaba agotando a cualquiera.

Él también había caído preso de la rutina. Nunca se cuidó demasiado pero, al menos antes, me hacía reír. Ahora, me conformaba con que no me hiciera llorar.

Para él todos los problemas de la casa tenían comienzo y final en mí. Yo los había creado y yo debía resolverlos, por la cuenta que me traía. No es que viviera bajo amenaza, ni mucho menos, era sólo que prefería acabar con ellos antes de que ellos acabaran conmigo.

Esa situación se hacía inaguantable por momentos. Siempre discutiendo. Siempre enfadado. Me pasaba más tiempo en la cama compadeciéndome, que en pie disfrutando de mis treinta y tantos, mal llevados según él.

Para colmo, la maldita crisis económica se estaba llevando todo por delante y mi marido acabó en un trabajo que le gustaba aún menos que yo.

En mi caso fue diferente, me surgió la oportunidad de dar conferencias sobre el positivismo y la mejor manera de afrontar los problemas. Tenía gracia, yo dando consejos de cómo superar los malos momentos. Pero es lo que tiene cuando de tu pared cuelga un título de licenciada en psicología. De las primeras de mi promoción. Aquella Clara sí que aspiraba alto, muy alto. Suerte que apareció mi marido para recordarme que mi sitio estaba en la cocina.

Ahora viajo mucho. Y casi mejor, el ambiente en casa es irrespirable. Nunca quiere salir, ni tampoco hablar. Si le ignoro se enfada y si le hago caso también. Con lo que la mejor manera de estar es no estando.

He llegado a la conclusión de que ya no puedo aspirar a más. Tengo casa, un buen trabajo, un compañero de piso al que cuidar -y no hablo del perro-, poco tiempo para echar en falta el amor, vamos, que lo tengo todo. Ya no necesito sentir deseo ni sentirme deseada. Cuando quiero recordar lo que es amor, me pongo una de esas viejas películas donde las chicas guapas conquistan a hombres interesantes y se dicen frases como «no quiero perder la oportunidad de conocerte».

Y así mi vida va bien, tranquila, centrada. No pierdo tiempo ni esfuerzo en cosas inútiles como despertar interés en otros o estar enamorada. Eso son cosas que no pasa.

Me encanta mi trabajo. Además, las conferencias me obligan a dormir en Barcelona al menos un par de veces al mes. Es una suerte poder trabajar allí. La ciudad es acogedora y mi empresa me ha buscado un buen hotel. Ya soy casi como de la plantilla y hasta el director me trata de tú. Es un hombre serio, de pelo canoso. No tendrá más de cuarenta y cinco, piel morena y cuerpo cuidado. No me extrañaría que matara parte de su tiempo en ir al gimnasio del hotel. Huele siempre a after shave y tiene una sonrisa blanca y perfecta. Un tipo interesante, sin duda.

Tiene gracia cómo, en apenas cinco minutos, alguien consigue llamar tu atención de una manera tan intensa. Al principio, no quise darme cuenta, pero reconozco que acabé buscando la manera de coincidir con él, a mi llegada o antes de marcharme, todo con tal de cruzar un par de frases cordiales y sin fondo.

Ahora vuelvo de allí, de Barcelona. Voy leyendo una de esas novelas pastelosas de Corin Tellado. Mi gesto es de fastidio, y no porque en la novela la chica llore desconsolada porque el guapo de turno la haya abandonado, sino porque hoy no pude despedirme como de costumbre de él. Cuando bajé, no estaba en recepción y el taxi ya me esperaba en la puerta con el taxímetro en marcha. Le dije a la recepcionista que se despidiera por mí y salí volando para no perder el AVE.

Tampoco es tan grave, en un par de semanas volveré y coincidiremos. Le preguntaré si le gustó la película que le recomendé y le daré las gracias por el soplo sobre la exposición de Tàpies, aunque no me hubiera venido mal haber ido con alguien más ducho en el tema, como él…

No. Esas cosas no pasan.

Mis pensamientos vuelan tan rápido como los postes que acompañan a la vía del tren, cuando el teléfono móvil despierta escandaloso dentro de mi bolso.

—¿Sí?

—Hola, Clara. Soy Moisés…

—¿Quién?

—Moisés Arias, el director del Hotel…

—¡Ah, sí! Dime. ¿Me he dejado algo?

—No, no. Perdona que haya buscado tu teléfono en la base de datos, pero como no nos vimos esta tarde…

—Ya. Cuando salí no estabas y el taxi me estaba esperando en la puerta. ¿Qué querías?

Ha sonado demasiado cortante. El silencio al otro lado del teléfono le da tintes de suspense a la conversación.

—Bueno, yo…  —titubea—. Vaya, en mi cabeza parecía más sencillo…

No puedo evitar soltar una risilla inocente pero, en el fondo, nerviosa. ¿Acaso es uno de esos personajes locos que se ha escapado de las páginas de mi libro pasteloso? Carraspeo:

—Perdona. Continúa, por favor.

—Bueno, es sólo que voy a Madrid la semana que viene y me preguntaba si te apetecería tomar un café conmigo. Si puedes. Si quieres…

No sé qué contestar. Nunca he vivido un momento como este, parece sacado de una de esas viejas películas a las que me he enganchado para olvidar lo asquerosa que es mi vida. Un hombre guapo e interesante me está llamando a mí. ¡A mí! Estoy convencida de que tiene gente más que de sobra para tomar un café. Pero me llama a mí, una treintañera pasada de kilos a la que hace siglos que nadie saca a tomar ni el aire. Al otro lado, Moisés espera inquieto mi respuesta. Quizá sí tengo algo que ofrecer. Quizá todavía estoy a tiempo. Pero mi lógica aplastante toma las riendas de la conversación:

—Estoy casada.

—Lo sé.

—Hace mucho que nadie me lleva a tomar nada a ningún sitio.

—Algo intuía.

—Sé sincero. ¿Por qué me llamas? Pero nada de contestar eso de que sólo es un simple café. A esta edad todos sabemos que es un mero trámite previo a quitarme la falda. ¿Por qué yo? ¿Por qué conmigo?

Mi pregunta le pone aún más nervioso o quizá es sólo que se calla para que no surja desbocada una posible carcajada. Le oigo tomar aire:

—Bien. Quizá tengas razón o quizá te equivoques… Yo sólo sé que, desde que te vi, me pareciste una mujer increíble. Despiertas en mí un cosquilleo que hace años que no sentía. Supongo que no debí llamarte y que, seguramente, estoy haciendo el ridículo por decirte esto… Pero tenía que intentarlo. Tienes algo… No sé… No quería perder la oportunidad de descubrir qué era.

Y por fin, después de meses, años sin hacerlo, me sonrío. Noto cómo me voy sonrojando, despertando la curiosidad del resto de pasajeros del vagón. Y no puedo por menos que aceptar ese café.

Cuento extraído del libro Con nombre propio, Premio Tiflos 2013.

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