Catalina. (‘Con nombre propio’)

 “El viento agita las ramas de los árboles moviéndolas de un lado a otro de la calle. Unas veces lentamente, otras de forma brusca, obligándolas a soltar las hojas que caen con un grito mudo hasta acabar arrastrándose por el suelo, moribundas, a merced del viento impertinente y de los pasos rápidos de la gente.
 Se va notando ya el frío. Algunos suben las solapas de sus chaquetas, intentando así zafarse de él. Pero el frío se cuela por cualquier resquicio mordiéndoles por dentro, obligándoles a encogerse dentro de sus chaquetas buscando refugio.
Diminutas gotas de lluvia lo salpican todo. Invisibles, van calando sin prisa lo que encuentran a su paso, cuajando los cristales de los coches de pequeñas motas transparentes que resbalan como lágrimas, dejando ondulados surcos brillantes.
Mis botas se sienten niñas mientras juegan en los charcos de hojas que se han ido formando a lo largo del camino. Paseo parapetada tras mi bufanda y con el pelo enredado en las manos del viento que me acompaña mientras saco al perro por el parque que hay frente a tu casa.
Sé que me estás mirando desde tu ventana, observando el juego que me traigo con las hojas, con el aire, con las pequeñas gotas de lluvia que se escapan cuando el viento cesa. Imagino lo que estás pensando, el odio que guardas. Ése que aún no ha desaparecido, el que te obliga a mantenerme lejos de ti (…)”.

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